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La lluvia llevaba toda la tarde golpeando las ventanas y a esa hora ya nadie la oía. Dentro olía a leña y a chocolate caliente. Los dos nietos de Henry Blackwell se habían instalado en la alfombra, delante de la chimenea, envueltos en la misma manta y discutiendo en susurros por los cojines.
—Abuelo, tienes cara de que vas a contarnos algo —dijo la mayor sin apartar los ojos del fuego.
Henry sonrió desde su sillón. Tenía las manos apoyadas sobre una caja de madera oscura que había bajado esa mañana del desván. No la había soltado en todo el día. Los niños lo habían notado en la comida, cuando la dejó junto a su plato en lugar de dejarla en el suelo, como hacía con todo lo que pesaba.
—Tengo cara de abuelo. Es la única que me queda.
—Tienes cara de abuelo con secreto —corrigió el pequeño, y su hermana le dio un codazo por haber hablado antes que ella.
Henry soltó una risa corta que se le quedó a medias. Era un hombre grande que el tiempo había ido encogiendo con paciencia. El pelo, blanco. Las manos, llenas de manchas. Los ojos, todavía muy atentos, de esos que no se pierden nada de lo que pasa en una habitación.
En aquel sillón les había contado muchas historias. La del barco que navegaba hacia atrás. La del ladrón de relojes que nunca llegó a tiempo a ninguna parte. Los niños sabían que eran inventadas y las querían igual. Aquella noche olía distinto, y también eso lo sabían.
Abajo, en alguna parte de la casa, algo se arrastró con un golpe sordo. Los niños levantaron la vista hacia el suelo.
—La caldera —dijo Henry—. Ya está vieja.
La mayor se encogió de hombros.
Henry levantó la tapa de la caja despacio. Dentro, envuelto en un paño gris, había un volumen antiguo, de tapas oscuras y bordes desgastados. Retiró el paño con cuidado. El libro parecía haber sobrevivido a demasiados inviernos y a demasiadas manos. En algunos bordes, el papel amarillento se deshacía ligeramente, y una mancha oscura marcaba una de las páginas.
—¿Lo has escrito tú? —preguntó la mayor.
—No. Lo escribió un hombre llamado Abdul Alhazred, hace siglos. Se llama Necronomicón.
—¿Y de qué trata?
Henry tardó en contestar. Dejó que el fuego crujiera dos veces.
—De un monstruo.
El pequeño se incorporó de golpe, con los ojos como platos. Su hermana frunció el ceño. Tenía once años y la desconfianza de quien ya ha empezado a sospechar de los adultos.
—¿Qué monstruo?
—Cthulhu.
—Abuelo, eso es un cuento. Lo sabe todo el mundo.
—Todo el mundo sabe lo que ha leído —dijo Henry con suavidad—. Yo sé lo que vi.
Nadie habló. En la chimenea cedió un tronco y saltaron un puñado de chispas. La niña miró a su abuelo como si acabara de ver a otra persona sentada en el sillón. Él no apartó la vista. No hizo ninguna broma para rescatarla de aquel silencio.
—¿Tú estuviste allí? —susurró el pequeño.
—Estuve. Hace cuarenta años, más o menos. Tenía menos canas y bastante menos juicio.
—Dicen que quería destruir el mundo —dijo la mayor, despacio, como quien prueba el hielo de un lago—. En los libros siempre quiere eso.
Henry apoyó una mano sobre la cubierta del Necronomicón.
—Eso es lo que cuentan. Lo curioso es que nadie se paró nunca a preguntar adónde quería ir.
—¿Adónde quería ir?
Sonrió, y fue una sonrisa triste que la niña recordaría muchos años después.
—Esa es la pregunta buena. Llegaremos a ella. Pero antes tenéis que escuchar lo que alguien escribió en un margen, porque todo lo demás depende de eso.
Abrió el libro con cuidado. Las hojas estaban amarillentas y quebradizas. La escritura, apretada e inclinada, llenaba las páginas con líneas que parecían resistirse a la mirada. Henry pasó varias hojas hasta detenerse en una de ellas.
En el margen, escrita con una tinta diferente, alguien había añadido una sola frase. Henry se tomó un momento antes de leerla. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja, más lenta, como si no quisiera molestar a nadie en la casa.
«No temáis a aquello que duerme. Temed a quienes intentan despertarlo».
La habitación pareció enfriarse un grado. El pequeño se arrimó a su hermana sin darse cuenta. Ella no lo apartó.
—¿Quién quiere despertarlo? —preguntó él.
—Más gente de la que imaginas —respondió Henry—. Casi todos creían tener buenas razones.
—¿Y las tenían?
—Eso lo decidiréis vosotros cuando acabe.
La mayor se fijó entonces en sus manos. Temblaban muy poco, un movimiento que casi no se veía, el mismo que tiene el agua de un vaso cuando pasa un camión por la calle.
—Abuelo, ¿tienes miedo?
Henry pensó en mentirle y no lo hizo. Había renunciado a mentirles a esos dos hacía mucho.
—Llevo mucho tiempo sin contar esta historia —dijo—. Un poco de miedo sí que tengo.
El pequeño se arrastró por la alfombra hasta apoyar la barbilla en el reposabrazos del sillón.
—¿Hay sangre?
—Hay sangre. No voy a decirte que no. —Le revolvió el pelo—. Pero la sangre es lo de menos. Lo que importa es quién la derramó y por qué, y os aviso de que no será lo que estáis pensando.
La mayor se subió la manta hasta la barbilla. Seguía desconfiando, pero ya había dejado de discutir los cojines.
—Si en algún momento queréis que pare, me lo decís —añadió Henry.
—No vamos a pedirte que pares —dijo ella.
Lo sabían los dos, y también él.
Henry cerró los ojos un instante. Escuchó la lluvia, que había vuelto a sonar, y el fuego, y la respiración de los niños. Abajo crujieron las maderas y nadie les hizo caso. Luego se acomodó en el sillón, apoyó el libro sobre las rodillas y tomó aire.
Y comenzó a contarles lo que había sucedido.